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Verónica Soriano

Hola, soy Verónica y quiero compartir cómo es que cuatro letras pueden impactar y darle un giro total al rumbo de varias vidas. Por increíble que parezca el significado de estas cuatro “simples” letras encierran más de lo que transmiten con sólo verlas. Éstas son: A, D, H, T. Sí, parecen simples, pero juntas y en distinto orden trajeron a nuestras vidas angustia, incertidumbre, dolor, desesperación, lágrimas, sufrimiento, problemas, fracasos, soledad.

Mi hijo nació con el cordón umbilical enredado en su cuello. Pesó 2 kilos 125 gramos. Por ser prematuro, estuvo cinco días en la incubadora con fototerapia pues estaba un poco amarillo. Cuando iba a llevarle leche materna, le hablaba y lo tocaba para estimularlo. Cuando por fin lo dieron de alta y lo llevamos a casa, me sentí feliz y al mismo tiempo aterrada, pues lo veía tan pequeño y vulnerable que tenía miedo de que algo le fuera a pasar y no saber qué hacer.

Así pasaron los años hasta que tuve la necesidad de dejarlo en la guardería, porque en ese entonces daba clases de pintura a personas de la tercera edad, y ya no me lo podía llevar. El primer día que fui por él me recibieron con la frase: “Ah, ya vinieron por el torbellino”.

Dejé mis clases cuando entró a preescolar cuando él tenía cuatro años. Estuvo en un pequeño kínder particular. La maestra me decía que no terminaba las actividades, se levantaba de su lugar y no dejaba trabajar a los otros niños. Era frecuente que le ocurrieran accidentes porque se aventaba de la parte más alta de la resbaladilla, trepaba por las ventanas (se creía spiderman). Un día se asomó cuando venía de regreso un columpio y le pegó cerca del ojo.

La directora me mandó llamar y me dijo que veía en Diego características del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Me recomendó un lugar donde le realizaron un electroencefalograma, demás, me entrevistaron haciéndome varias preguntas sobre él, su desarrollo, antecedentes familiares y desempeño escolar.

Y así un día, después de varias visitas y estudios, me lo confirmaron: padecía TDAH. Por fin le pude dar un nombre a “eso” que me llenaba de angustia y desesperación pues nos estaba afectando y deteriorando como familia.

Si de por sí nadie nos enseña cómo ser padres, el serlo de un pequeño con una condición especial, es doblemente difícil, sobre todo cuando uno de los dos no acepta esta situación, está en constante negación, no se involucra en aprender sobre el trastorno o sobre el manejo del comportamiento, en controlar sus emociones para no perderla paciencia, en fin, sin poder llegar a acuerdos sobre educación y límites; finalmente es desgastante. Por eso y aunado a las características propias del TDAH , nos desesperábamos al ver que no trabajaba en la escuela, de las constantes llamadas de atención por mal comportamiento, que no traía apuntes y tareas completas, o simplemente no las entregaba, que no obedecía, por su constante movimiento y actividad, y que al intentar todo, estímulos, regaños, castigos, premios, gritos e incluso golpes, no lográbamos nada.

Así pasaron los años. Hasta que justo cuando Diego cursaba el quinto año de primaria, a través de USAER (Unidad de Servicio de Apoyo a la Educación Regular), me enteré de la existencia de la Fundación Cultural Federico Hoth y su Proyectodah. Me comunique y me comentaron de las pláticas de orientación. Fuimos a una. Fue una experiencia que no he podido olvidar, porque me di cuenta de la dimensión de lo que estaba viviendo, sobre todo que no éramos los únicos que la experimentábamos; escuchando a los demás padres, me sentí muy identificada y acompañada. Ahí vi lo que se hace en los grupos de apoyo (GADAH) y junto a otras mamás que también estaban en USAER, hicimos contacto para poder formar un grupo en la escuela de nuestros hijos.

Ahora que veo esto en retrospectiva noto que antes de participar en el GADAH, nuestras vidas eran de constante ensayo y error, me sentía perdida pues aunque acudimos con psicólogos, veía que no llegaba a alguna parte, no había avances o cambios de ningún tipo tanto en Diego como en mí o en nuestro entorno. Me daban estrategias, pero a veces no sabía en qué momento aplicarlas o para qué le iban a servir, me sentía desesperada y constantemente caía en crisis.

Este nuevo enfoque movió dentro de mí emociones y conceptos. Lo más importante fue notar pequeños logros en Diego que para mí tuvieron un gran significado, como el que empezara a traer más trabajos terminados, que hubiera un poco menos de conflictos en el salón, que sus maestros notaran esos avances, que tuviera interés por continuar en la escuela, que hubiera algo de organización en cuanto a sus actividades, etcétera.

Hemos trabajado en la resolución de problemas, sobre todo en el aspecto social que es el que más trabajo le está costando; también su rendimiento escolar se ha modificado, trae más trabajos terminados, se está organizando a través de agendas y horarios, mapas mentales que le están ayudando tanto para estudiar en los exámenes como para exposiciones y hemos platicado mucho sobre sexualidad, abuso de drogas, y alcohol para que no se deje influenciar sólo por querer encajar en algún grupo social. En cuanto a este punto en particular, el social, hay que seguir fortaleciendo sus habilidades, pues todavía se le dificulta, tiene pocas amistades y eso lo desanima constantemente. En ese sentido hay que seguir trabajando en su autocontrol, ya que he notado que hay ciertos rasgos en su personalidad que los demás no comprenden, que los desconcierta y lo ven como si fuera una persona “rara”.

Actualmente, cada vez que me encuentro con esas cuatro letras: TDAH, las puedo ver en su justa dimensión, la que yo le quiero dar; ya no me angustian pues he aprendido a valorarlas y a encontrarles nuevos significados tales como: Aceptación, Oportunidad, Conocimientos, Superación, Logros, Metas Alcanzadas, Éxitos, Amor Incondicional.

Yo sé que todavía nos falta mucho camino por recorrer, pues ahora Diego está entrando en la etapa de la adolescencia.

Y por eso continuaré superándome para saber cómo fortalecer en él su autoestima para que tenga más confianza en sí mismo, así como las habilidades que tiene y a adquirir las que le hacen falta como saber organizarse, planear, prever consecuencias. Luchar para que sea más independiente, que sepa afrontar sus miedos y a cambiarlos por logros, a tener expectativas razonables para no caer en frustraciones inútiles, sobre todo a darle el respeto y la valoración que merece y a ponerle límites para que sepa manejar su frustración y a regular sus emociones, a que alcance sus metas y cumpla sus más descabellados sueños.

¿Soy muy ambiciosa? Sí, lo sé, pero también sé que Diego lo vale.