Algo pasa. ¿Qué pasa?

“¿Qué pasa?”, “¿será que no soy buena mamá?” Son las preguntas que comencé a hacerme para tratar de entender lo que ocurría detrás de los berrinches y el comportamiento que yo veía y me señalaban de mi hijo.

Algo pasa. ¿Qué pasa?

Por: Hilda A. Ávila
Algo pasa. ¿Qué pasa?

“¿Qué pasa?”, “¿será que no soy buena mamá?” Son las preguntas que comencé a hacerme para tratar de entender lo que ocurría detrás de los berrinches y el comportamiento que yo veía y me señalaban de mi hijo. “¿Será qué no tengo paciencia?”, “¿que no tengo el suficiente amor?” No, no era eso, yo amo a mis hijos, entonces, ¿qué es lo que pasa? Entonces lo primero que pensaba era que yo era mala madre, que algo pasaba conmigo. Lo que ocurre es que no pongo límites, ¡sí, eso es!, como dicen, consiento más a Nicolás que a Sebastián, y empecé a ponerme más estricta, más gritona y empecé a dar nalgadas.

Este es mi testimonio como mamá y esposa ante el Trastorno por déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Soy mamá de dos niños y cuando comencé a buscar respuesta a las preguntas que me hacía, mis hijos tenían seis años y cuatro años. Yo percibía que algo sucedía con la conducta y actitud de mi hijo pequeño Nicolás, pues constantemente era desobediente; sus frases favoritas eran: ¡no puedo!, ¡no, no lo voy a hacer!, ¡es mucho!, ¡no sé!, ¡no quiero!, ¡no puedo, no puedo!, ¡pero, por qué yo! Además de los pleitos constantes con su hermano y su oposición a la autoridad, al principio pensaba que eran sólo berrinches y muchas veces los dejaba pasar con tal de no pelear, con tal de que no empezara a gritar, hacer gestos y fruncir la cara, pero lo cierto era que Nicolás evadía instrucciones, responsabilidades, tareas y no sólo en casa sino también en la escuela. En una ocasión una maestra, que no era la de mi hijo le comentó a mi esposo: “Señor, me extraña que su hijo todavía no sepa las vocales, ¿usted sabe eso?” A mí me sorprendió oírlo. Cómo lo íbamos a saber, si la que era su maestra titular en todo el ciclo escolar no nos lo había reportado, lo había dejado pasar como niño desobediente; hasta que terminó su primer año de preescolar y en la ceremonia de fin de ciclo mi hijo no había recibido ningún diploma, eso no debía o tendría porque ser extraño, pero en su grupo sólo eran nueve niños y sólo mi hijo y otro niño no recibieron diploma.

Entregaron 11 diplomas en su grado y habían premiado a los tres primeros lugares de español, inglés, artística, aprovechamiento, excelencia y mi hijo no recibió ninguno. Entonces era evidente que algo había pasado. Debo reconocer que sentí una gran decepción y no era el diploma, de verdad, era el darme cuenta que no había puesto suficiente atención y que cuando había preguntado lo único que me habían reportado era que a veces no trabajaba y sólo la maestra de danza me había informado que ella no podía trabajar con él. Cuando cuestioné a su maestra sobre su aprovechamiento y aprendizaje final, ella simplemente me dijo: “señora, no todos los niños aprenden igual, hay unos que sobresalen y otros no y su hijo… pues todavía no ha aprendido”. La pregunta seguía presente “¿qué pasa?” También los problemas continuaban y nos afectaban a todos. Se presentaban en la escuela, en casa de los familiares, de los amigos, no podíamos ir a cualquier lugar porque en todos lados había alguna situación de berrinche, enojo, impulsividad y de no medir con secuencias, entonces mi hijo constantemente estaba regañado y castigado.

Las respuestas

Nuestra convivencia estaba mal, es cierto que había muchos momentos agradables, pero en otros teníamos problemas y discusiones por su conducta. La actitud de todos casi siempre era la de estar a la defensiva. Entonces algo muy bueno sucedió. Un día me reuní con Mariana, mi mejor amiga de la universidad.

Fue una reunión de amigas y como en ese tipo de reuniones platicamos de nuestros hijos. Con pesar le comenté: “Mi hijo mayor obtiene diplomas, felicitaciones, halagos, con él todo está bien, sin embargo, con mi hijo menor pues no ocurre eso”. Le comenté que me sentía decepcionada de mi labor como madre por las situaciones por las que pasábamos, entonces ella preguntó: “Y ¿su maestra no te ha dicho nada?” Le respondí que sólo me comentaba que a veces no trabaja y otras que sí. Me preguntó que si no me ha dicho si mi hijo puede tener un problema. Le contesté que no y que yo apenas comenzaba a buscar ayuda. Ya había ido con una psicóloga, pero ella concluyó que nuestro problema era un problema de límites. Entonces mi amiga me contó que en su caso había llegado al diagnóstico de que su hijo presentaba síntomas de inatención propios de TDA, es decir, Trastorno por Déficit de Atención. Me comentó que después de buscar ayuda y de consultar a dos psicólogas una de ellas le había pedido que le hiciera un diagnóstico con el que le confirmó que tenía el TDA. Yo ya había escuchado de este problema pero no me había planteado que ese fuera el caso de mi hijo. Entonces mi amiga quedó de enviarme información sobre el TDA y de la Fundación Federico Hoth, la cual a través del Proyectodah,
trabaja, investiga y aporta conocimiento sobre el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) a la que había llegado precisamente por la búsqueda de un diagnóstico para su hijo. Ella ya había ido a algunas pláticas y recibía información por correo.

Lo siguiente que hizo fue enviarme un correo en el que invitaban a una plática informativa en Ecatepec, lugar que quedaba cerca de mi domicilio y llamé para informarme. Recuerdo bien la llamada y la voz del hombre amable que me contestó, me inscribió y lo último que me dijo fue: “¡entonces la esperamos en la plática para que reciba toda la información sobre el trastorno!” En esos momentos esta palabra resonó en mis oídos. No, mi hijo no tiene un trastorno, no está trastornado. Oír eso me sonó algo grave y de cuidado, escuchar esa palabra hizo que me surgiera más interés. Platiqué con mi esposo sobre la fundación y la plática. Recuerdo que me dijo: “por qué insistes en que nuestro hijo está mal, yo era así y más, yo hacía berrinches, era igual de enojón que tu hijo, ¿por qué insistes en encontrarle algo?, tú lo vas a enfermar, ya te dijo mi mamá y mis hermanas que yo era igual”. Y sí, mi suegra me había dicho que mi esposo había sido igual ¡y mira ya se “compuso”!

Con todo y a pesar de la opinión de mi esposo acudí a esa primera plática que da la fundación. En la reunión me identifiqué con la descripción que hacían sobre el Trastorno por Déficit de Atención, TDA. Recuerdo el video. No se me olvida que me sentía igual que la mamá que recibía la quejas de las maestras: “señora no sé qué hacer con su hijo, simplemente no quiere trabajar, hable con él, platique con él, ponga límites”. Me sentía reflejada con muchas de las escenas del video y se me rodaban y rodaban las lágrimas. En mi hijo no hay hiperactividad pero sí pasamos por las situaciones de la inatención.

Agradezco a la fundación el hecho de que aunque fuimos pocos los asistentes se acordó abrir en Ecatepec el Grupo de Apoyo para el Déficit de Atención e Hiperactividad (GADAH), que es el nombre que la fundación y el Proyectodah da a los grupos de ayuda conformados principalmente por padres y en los cuales se aprende sobre el TDAH y se adquieren estrategias para la crianza y trabajo escolar. Este fue el inicio de nuestra mejora en todos los sentidos, de nuestra convivencia familiar, de pareja y sobre todo en el trato hacia nuestro hijo.

De esa primera plática encontré la primera respuesta. Estaba segura que con mi hijo sí pasa algo y tiene nombre y hay información, estadísticas, tratamientos, terapias, estrategias, medicamentos. Todo esto lo platiqué con mi esposo y ahora sé que lo primero que le causó fue asombro saber que las conductas por las que él también había pasado y que parecían berrinches o mal comportamiento no eran normales. Fue grato saber que mi esposo me escuchó, lo aceptó y se interesó a tal grado de reconocer que él también convive con síntomas de TDA y que posiblemente lo había heredado a nuestro hijo. Con la información que tenemos ahora manejamos mejor nuestra relación familiar y de pareja incluso ahora él es un activo promotor entre sus amigos, conocidos y familiares, de la existencia del TDAH y de la fundación. Quizás nosotros si no hubiéramos sabido lo que ahora sabemos podríamos haber considerado una separación.

La escuela

Cuando comenzamos con el GADAH en mayo de 2011 Nicolás estaba terminando el segundo grado de preescolar. Su maestra era aquella que había identificado que no sabía las vocales y que sin embargo no había logrado trabajar de manera constante y productiva con él. En ese entonces seguían las quejas diarias. Recuerdo que cuando iba a recogerlo sentía la molestia de esta maestra y su saña para dar las quejas. En ocasiones no me decía mucho, pero con su mirada siempre intentaba expresarme la molestia que tenía, como si con ella me dijera que yo era la culpable, por no poner límites. Yo me hacía chiquita de la pena, pero después de las primeras sesiones de la fundación esta situación cambió, mi actitud se transformó. Desde que recogía a mi hijo en la escuela lo abrazaba, lo besaba, y platicaba sobre lo que hacía y lo que no hacía y por qué no lo hacía o no lo terminaba. Tuve también varias pláticas con la directora y su maestra; ellas sabían que existía el TDAH, pero desconocían cómo identificarlo, cómo diagnosticarlo, y peor aún cómo trabajar con él. Las maestras recibieron la información, les entregamos lo que la fundación nos había compartido: folletos, información, datos, pero no vimos interés, parecía que yo estaba justificando a mi hijo, parecía que yo había encontrado a quién echarle la culpa de su comportamiento y de sus impertinencias.

Cuando terminó el ciclo escolar lo cambiamos de escuela, tiempo después supe por la mamá del otro niño al que no le había dado diploma, que pensaban que yo quería un diploma y como no nos lo habían dado, por eso lo habíamos cambiado. Hay que reconocer que cuando en la escuela no hay disposición es más difícil nuestra la labor, pero ahora hemos aprendido a hacer equipo para el trabajo escolar, hemos logrado hacer equipo con la escuela y con las maestras.

Afortunadamente hemos tenido maestras con muy buena disposición, han sido receptivas de la información, se han ocupado realmente por ser incluyentes.

Gracias a las maestras y maestros sensibles, sobre todo a la maestra Erika Moreno y a la maestra Haydee Granillo.

¿Qué siente Nicolás?

No sólo los golpes lastiman, las exigencias y los gritos también. Recuerdo que en la primera sesión del grupo, dirigida muy entusiastamente por Alfonso, además de listar las características de los niños con TDAH, también se comentó que en ocasiones las madres recurrimos a los golpes para corregir a nuestros hijo, pero que en nuestros niños con TDAH esta práctica es mucho más frecuente y con resultados poco o nada efectivos. En esta primera sesión yo comenté que en mi caso cuando había llegado a dar nalgadas no tenían efecto porque parecía que las primeras nalgadas no le habían dolido, pero que después mi hijo me miraba, se las aguantaba y no lograba corregirlo. Recuerdo bien que dije esta frase: “parece que no le duele”, y entonces Rocío una compañera levantó la mano y dijo: “yo quiero comentar sobre los golpes. Quiero decir que sí les duele”. Volteó a verme y me dijo: “sí se aguantan, y si pareciera que no les duele de tantas veces que lo llegamos a hacer, pero sí les duele y lo que más les duele es lo que pasa después de un golpe, porque lo que dañamos es su autoestima, es ahí donde más los lastimamos”. Estas palabras llegaron hasta lo más profundo de mi alma y de mi entendimiento: lo que más lastimamos es su autoestima. Me lo decía una mamá de un adolescente con TDAH que había pasado por esta y muchas otras situaciones.

Claro que mi hijo sentía y yo no había escuchado sus emociones. Una situación que confirmaba que la autoestima de mi hijo comenzaba a lastimarse fue cuando en una ocasión le dije: “Hijo, eres muy inteligente”. Entonces se volteó y me dijo: “No mamá yo no soy inteligente, porque no he aprendido a leer, porque no lo hago como los demás”. Esta frase me hizo darme cuenta que estaba a tiempo de no afectar su autoestima, pues ya habíamos empezado a lastimarla con las exigencias que tiempo atrás habíamos tenido. Incluso a su maestra Erika le había pedido ayuda para aprender y ser como su hermano. Él le había dicho que quería ser bueno, que a veces no podía, pero que él quería ser bueno. También le había pedido ayuda a su hermano para ser tan inteligente como él. Me di cuenta entonces que atrás de las miradas de enojo y de descontrol por los regaños, nalgadas o exigencias, lo que debía ver era que él no podía controlar sus actitudes, que eran el impulso y la inatención y no la inteligencia los factores que lo afectaban y que estos mismos factores eran los teníamos que enseñarle a reconocer y a controlar y es en estos puntos que comenzamos y seguimos trabajando.

A la fecha hemos avanzado mucho, él mismo ya logra explicar y distinguir su conducta de lo que debe ser y lo que tiene que hacer y aunque le cuesta trabajo hemos avanzado. Esta es una de mis principales reflexiones y correcciones, claro que mi hijo se da cuenta, siente y se esfuerza por encontrar el equilibrio y el autocontrol, él se da cuenta que le cuesta trabajo, pero cada día tiene logros.

En estos momentos tiene siete años, es un niño feliz, es sano, directo, porque ese mismo impulso lo lleva a ser transparente, a decir lo que piensa, lo que le gusta, y no le gusta, lo que quiere y lo que no quiere y su inatención lo lleva a ser un soñador, a ser divertido y atrevido. Le doy las gracias al doctor Gerardo, terapeuta de nuestro hijo y de toda la familia, por enseñarnos a reconocer y respetar las emociones de nuestro hijo. En este año Nicolás recibió un diploma, el cual es un reconocimiento a su esfuerzo y el trabajo que realizamos como
padres.

La familia

Mi esposo y yo hemos aprendido a partir de las 23 sesiones del GADAH, que cuando los papás estamos bien, los hijos y la familia están bien. Lo dicen los terapeutas y psicólogos, pero no lo habíamos entendido como hasta ahora y es que nunca en la generación de mis padres y abuelos escuché que se ocuparan de tomar cursos, talleres, leer libros, ir a conferencias o a congresos para padres, pero afortunadamente ahora lo podemos hacer, podemos cambiar las circunstancias de nuestros hijos, para no repetir malos patrones. Lo que hemos comprendido es que nosotros damos la estructura y dirección a la familia, hemos aprendido a establecer disciplina y sobre todo armonía; cuando hablamos de estructura es porque cada uno tiene un rol tanto en la participación y en las responsabilidades, cuando hablamos de dirección es porque nuestros hijos sienten confianza en lo que les pedimos y les ofrecemos. Hemos comprendido estos simples y básicos principios, como también que la comunicación y la de cisión de funcionar de la mejor manera son la base para manejar el problema y entonces no sólo es hacer equipo con la escuela, sino también hacer equipo con la familia, los conocidos y la gente con la que convivimos cotidianamente. Esto se aprende en los GADAH. En mi caso mis hermanos y la familia más cercana han colaborado mucho, han aprendido junto con nosotros las estrategias para manejar las situaciones de berrinches, impulsividad e inatención, se interesan en tener el control y ya no son quejas, sino explicaciones y sobre todo apoyo moral, estoy agradecida con ellos.

Mamá proactiva

Como inicié diciendo mi mayor preocupación fue pensar que no era buena mamá, sobre todo porque además de ser mamá también soy pedagoga, entonces imagínense el sentimiento de culpa que llegué a sentir por no saber ayudar a mi hijo y que siendo pedagoga no preví los primeros problemas que mi hijo tuvo en la escuela. Pero ser pedagoga me ha ayudado mucho, por ejemplo yo identifiqué que mi hijo tenía conductas que no eran normales. Al principio pensé que sólo eran problemas de crianza, que no sabía ser buena mamá con él y que lo académico podían ser problemas de aprendizaje, pero llegó un momento en que la situación no la entendía; fue entonces cuando busqué y encontré ayuda. Mi mayor ayuda ha llegado de la fundación, el mayor logro con ella fue iniciar y concluir la formación en el GADAH. En cada sesión del grupo, en cada plática encontré aportaciones, siempre hubo experiencias compartidas, técnicas, estrategias, frases, testimonios que me han permitido entender y aplicar. Gracias Edith por guiarnos. Ahí aprendí a cómo a ser mamá proactiva, es decir una mamá que está alerta a la situación y conducta, pero sobre todo alerta a la reacción para convertirla en un aprendizaje y experiencia sana para mi hijo. Ustedes pueden ver que cuando una mamá de un niño con TDAH o cualquier otro problema de aprendizaje o conducta asume su responsabilidad son mamás informadas, dispuestas, activas, sociables y comprometidas con su familia.

Por eso soy mamá proactiva, mamá que no deja de aprender. Ya no estoy ansiosa como cuando llegué. Sigo yendo a las conferencias y talleres que más puedo y podemos como pareja, vamos a terapia familiar y buscamos tener actividades físicas que nos complementen, porque los logros que hemos te nido son producto de más de un año de aprendizaje, de ir y venir, de avanzar y retroceder, como diría Rosalba, otra compañera de GADAH-Ecatepec: “van avanzar y regresar en una y otra situación”, es una a la vez.

Le doy las gracias a mis hijos por enseñarme a ser mamá porque por ellos he aprendido. A Gabriel por compartir mi idea de familia y pareja, gracias porque juntos hemos encontrado serenidad y valor para cambiar las cosas que sí podemos.

Doy gracias a que existe la fundación. Gracias a su presidenta y a cada uno de sus colaboradores.

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