La historia de “El Gober”

Era el día más hermoso de mi vida. Al fin tenía entre mis brazos a mi primer hijo, a quien había deseado desde que yo era niña. Siempre me soñé como mamá; sabía cómo lo criaría, con amor, sin nalgadas, sin gritos, sin insultos.

La historia de “El Gober”

Por: Linda Cubillas
La historia de “El Gober”

Era abril y para esas fechas en Hermosillo el clima es cálido, pero agradable.

Era el día más hermoso de mi vida. Al fin tenía entre mis brazos a mi primer hijo, a quien había deseado desde que yo era niña. Siempre me soñé como mamá; sabía cómo lo criaría, con amor, sin nalgadas, sin gritos, sin insultos.

Sería científico, educado, lector, deportista destacado, el mejor de la clase, en fin, mi hijo, mi proyecto de vida había nacido. Lo observaba y en mi corazón de flamante madre sólo tenía un cúmulo de sentimientos de
protección y amor.

–Cómo se llama el niño? –Oí entre sueños que me preguntaron.

–Marco Antonio, como mi padre –a duras penas pude decir– y va a ser el futuro gobernador de Sonora –dije al momento de quedar profundamente dormida tras la anestesia, y en un brevísimo lapsus consciente alcancé a oír al pediatra dictar a la enfermera no sólo la hora de nacimiento, sino su peso.

–Dos kilos 100 gramos, puntuación de Apgar 8 –descansé y soñé entonces que se convertiría en un gran hombre.

Pasó mucho tiempo para que pudiera ver su pequeño rostro pues yo había sufrido una terrible preeclampsia y ahora estaba en recuperación de cesárea urgente, además mi presión todavía era alta y mi cuerpo albergaba todo el líquido de una presa. En silla de ruedas me trasladaron a los cuneros y en una caja transparente estaba mi sueño, mi ilusión. Mi hijito de apenas dos kilos estaba lleno de tubos, con un pañal, que a pesar de ser de los más pequeños, cubría su pequeño cuerpecito. Sus costillitas resaltaban de su vientre y sus piernitas y brazos eran apenas dos inertes lianas. Su cabeza estaba cubierta por una espesa mata de negros cabellos y no era más grande que una naranja.

–Denme un peine –grité como si peinando ese pequeño bulto negro pudiera normalizar su tamaño. Quería verlo como en mis sueños: gordo, grande, rosado, sin embargo, ese pequeñito era sólo la mitad de los bebés que había visto de reojo en los cuneros ese día.

–Tiene bajo peso –me dijo una enfermera. Pues claro que lo notaba yo y toda mi familia. También se percataban de eso quienes nos visitaban al hospital. En realidad era un bebé de siete meses. Sabía que tenía a un bebé pequeño, pero la frase de “bebé de bajo peso” tuvo significado siete años después…

Para mí era un niño normal. Llegamos a casa con un bebé de dos kilos y al ponerlo en la cama se volteó y empezó a arrastrarse, con una fuerza extrema en piernas y brazos. Mis papás le tomaron video e hicieron bromas sobre su parecido con la corredora Ana Guevara.

Tomó pecho un año, pero al primer mes se ahogó en mis brazos, broncoaspiró y dejó de respirar casi 15 minutos, tiempo en el que llegamos mi mamá y yo, ambas todavía en ropa interior, a la sala de urgencias del hospital más cercano, lugar que después visitaría por innumerables ocasiones.

Gracias a dios lo revivieron y el pediatra concluyó que a pesar de que su cerebro no había recibido oxígeno, estaba muy bien.

Lloraba, lloraba y lloraba, de día, de noche, en la madrugada, cuando comía, cuando dormía, en todo momento, en todo lugar. Gateó mucho después que los niños de su edad, pero lo hizo. Caminó, corrió, gritó… todo lo hizo, se tropezaba, tiraba las cosas, rompía y rompía cosas y ningún juguete lo entretenía, pero eso para mí era muy normal. Yo era la mejor mamá primeriza, a pesar de no dormir, de no comer, de no salir, estaba absorta en amar con todo mi corazón al futuro gobernador.

Nacieron sus hermanos, que pasaron a ser víctimas de sus golpes y mordidas: a uno le arrancó de un zarpazo el lagrimal y en otra ocasión lo dejó inconsciente… pero pensé que así son los hermanos.

Ya más grande, tenía reportes diarios en guarderías y kínderes. Ya era un niño, pero era delgadito, introvertido y sin ningún amigo. Yo como mamá pensaba que su conducta era normal, tanto así que a la primera recomendación de una de su maestras de preescolar para que lo llevara a que lo diagnosticara un psiquiatra, mi mejor decisión fue insultar a la maestra y cambiarlo de escuela. “¿Mi hijo al psiquiatra?, pero qué le pasa a esta mujer, ella es la que tiene que ir”. Ante esa sugerencia y como respuesta, decidí cambiarlo de escuela.

La primaria, ¡qué etapa tan importante! Claro que el futuro gobernador tiene que ir a una de las mejores escuelas de Hermosillo, a la más grande y afamada escuela privada, donde lo formen con valores, que sepa inglés, practique deportes, estudie matemáticas y que haga futuros contactos con amigos de buen nivel.

El primer día iba estrenado desde los zapatos hasta el gel del pelo y a la hora de recogerlo ya no traía ni los lápices, ni el estuche, ni la lonchera, pero tenía un nuevo amigo y eso compensaba la pérdida material.

Me acostumbré a recoger a mi niño e invertir más de 20 minutos a la hora de la salida para recolectar por todo el colegio, desde la mochila, el suéter, el termo o algún libro olvidado. “Pero sólo es un niño que se está adaptando, así son los niños”, me decía a mí misma en el espejo retrovisor cuando salíamos de la escuela.

Un día vi a su amiguito, el que hizo el primer día de clase, que estaba alegre jugando con todos los niños de su nuevo salón y “El Gober” andaba solo, viendo al piso. Lo notaba más sucio que sus compañeritos, deambulaba desaliñado, desfajado y triste… entonces por primera vez desde hacía siete años, me preocupé.

No faltaron más que 20 días para que recibiera una llamada de su colegio. Tenía una cita con el departamento de psicopedagogía. Era urgente y teníamos que ir los dos papás.

Por supuesto, como es el caso, fui sola, escapada del trabajo y con mucho miedo. Ya había monitoreado a las demás mamás del salón y sólo a me habían llamado a mí… Me preguntaba: “¿Qué es el departamento de psicopedagogía?”–Buenos días –me dijo la psicóloga en un tono falsamente amable– Vamos a ver –dijo– ¿qué pasa con “Marcos”?

En primera no se llama Marcos y no tengo idea qué pasa con él…. Bueno, eso solamente lo pensé, por supuesto, pues yo no podía articular ni una sola palabra. Como merolico esa mujer me hizo una serie de preguntas que no me permitía contestar. Me enseñó un millón de garabatos hechos por mi hijo, me puso en la cara algunos reportes de conducta y ya para salir unos folletos llenos de teléfonos y direcciones de psicólogas, psiquiatras y terapistas.

Me subí a mi carro y lloré, lloré, lloré hasta que dio la hora de la salida y entre empujones de niños, pude recoger al mío, y ahí empezó su calvario.

Por supuesto que yo creía que él lo hacía de manera planeada. Le grité, lo insulté, creo que hasta lo sacudía. Le dije que lo podían correr de “el mejor colegio de Hermosillo”. Le indiqué que tenía que “echarle ganas”, tenía que
“poner de su parte”.

Pasó una semana y más reportes, dos semanas, tres, cinco, diez… todas las semanas yo visitaba el área de psicopedagogía y con la misma letanía la psicóloga me ridiculizaba y amenazaba, eso sí, de manera muy educada y dulce.

No pudimos rescatar el primer año. A pesar de tener calificaciones aprobatorias, la maestra decidió que era mejor que repitiera el año, y así fue, su segundo “primero”. Era ya insufrible y urgente para la escuela recibir su diagnóstico.

Todavía sin amigos, sufriendo de burlas y hasta golpes, mi necedad de que él podía controlar sus acciones me llevó a que siguiera en ese colegio, pero el niño sufría.

Se le veía desganado, lloroso, con dolores de estómago, estaba pálido y cada vez el panorama se veía más triste. Yo ya no sabía a dónde acudir, estaba desesperada, a un reporte de que lo corrieran de la escuela…. ¿Qué iba a hacer?

También ocurrió por esas fechas que mi papá me mandó un correo electrónico que decía más o menos así: “Hijita, mira esta plática, yo creo que te va a servir, si quieres te cuido a los niños, pero no dejes de ir”.

Ya qué podía perder, mi hijo de siete años no podía controlarse, perdía todas sus cosas, era grosero, inquieto, se paraba a toda hora de su silla de clases, no seguía órdenes, ya las maestras no sabían qué hacer con él, era despistado y olvidadizo.

Y llegué a la plática informativa. Un grupo de señoras nos atendieron, nos dieron unas encuestas, nos pusieron unos videos y trajeron desde el DF a los especialistas del Proyectodah: Juan Carlos y Margarita… y por primera vez en mi vida oí algo del TDAH.

Y por primera vez también lloré de cansancio, de desesperación, pero también como el sediento que encuentra un manantial. Ese día cambió el resto de mi vida.

Me uní a Susana, Ana Luisa, Ana Caro, Mary Carmen, Paty, Luz Delia y Lorena y formamos el primer GADAH de Sonora. Acordamos juntarnos una vez a la semana, los miércoles a las siete y contactaron vía Skype con el Proyectodah en México para poder capacitarnos y ayudar a nuestros hijos.

Nunca nos imaginamos que ese camino que tomábamos ese verano iba a ser como la montaña rusa, pero de ida y regreso.

Aprendimos y entendimos qué era el TDAH, comprendimos a nuestros hijos, y en muchos casos a nosotras mismas o a nuestras parejas como adultos con TDAH.

Asimismo, tomamos muchas decisiones, en mi caso, dejar de trabajar tiempo completo, para poder tener no sólo “tiempo de calidad”… sino “tiempo” con mis hijos”. También nos empapamos del tratamiento multimodal y buscamos la mejor forma para atender a los pequeños. Aprendimos técnicas de crianza, manejo del tiempo, colaboración de la pareja. Asimismo, en mi caso aprendí a aceptarme y sobre todo a aceptar a mi hijo, como es, como actúa. Aprendí a creer en él y sobre todo a creer en mí.

Todas estas mamás guerreras formamos una asociación civil denominada “Derribando Muros”, nombre que ejemplifica nuestro intento de tirar todas aquellas barreras que no les permiten a los niños y adultos con TDAH integrarse al mundo y ser felices y plenos.

Nos gusta ayudar a otras mamás que como nosotras no sabíamos cómo podíamos apoyar a nuestros hijos, pero sobre todo a tener fe en un mejor mañana.

Hemos ido a decenas de escuelas en nuestro estado para capacitar a mamás y a papás que quieren ayudar a sus hijos, compartiendo mucha de la sabiduría que encontramos en el GADAH. Dios nos ha puesto con personas maravillosas que nos ayudan a llevar nuestro mensaje, no sólo de persona a persona, sino en medios masivos de comunicación y electrónicos como el blog y las redes sociales.

Así, vamos a la radio, a la televisión, a las universidades y a los foros locales de psiquiatría. Capacitamos no sólo a las mamás, sino a estudiantes y maestros que quieren saber qué es el TDAH y ayudar a sus alumnos.

Pertenecemos a un grupo de asociaciones hermanas, en todo el mundo, como las de España y Argentina.

Hemos llegado con nuestro mensaje a nuestro propio Congreso, ya que a la fecha la Constitución del Estado de Sonora ampara a los niños con TDAH, para que no sean excluidos de sus escuelas y los integren. Esta modificación de ley fue para nosotras un sueño y ahora es una realidad.

No, no puedo decir que se acabaron los gritos en mi casa, pero sí son mucho menos, ahora hay más abrazos y besos, tiempos fuera, y privilegios ganados.

Después que nos corrieron de “la mejor escuela de Hermosillo”, encontré un colegio de verdad, maravilloso para “El Gober”, donde lo aceptan y lo ayudan y sobre todo nos quieren, y resultó que ahora sí es el mejor de su clase y que además le gusta mucho la lectura y la ciencia.

Va a sus clases de teatro, al catecismo y a los scouts. Además, todos sus maestros e instructores saben ya qué es el TDAH y me apoyan en su crianza.

Marco Antonio tiene 10 años, sigue corriendo, gritando y llorando, pero también tiene muchos amigos con los que juega en las tardes y le encanta divertirse y reír.

Yo lo miro fascinada y celebro cada uno de sus triunfos.

En este camino también diagnosticaron a Arturo, mi segundo hijo y a mi esposo con TDAH. Pero juntos hemos aprendido a ser orgullosamente una familia TDAH, unida, creativa, entusiasta y amorosa.

La vida sigue hermosa con muchas ilusiones. Ahora, junto con otras compañeras, somos asesoras de padres y comenzaremos a impartir los cursos de Pe a Pa para que muchas familias encuentren esperanza.

Y saben algo, haber pertenecido a un grupo GADAH sí que me cambió la vida, a mí y a mi familia. Y quién puede saber si dentro de algunos años “El Gober” llegue a presidente de la República…

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