Fui una niña solitaria, muy miedosa e insegura. Tuve enuresis desde los 5 o 6 años y desapareció hasta la adolescencia, antes de la menarca. Aún recuerdo el trato con mi familia; mi papá era un “cavernícola”, pues por
ejemplo un día me metió en un tambo de agua fría por la mañana para que ya no me orinara en la cama, además de que me quemaron las pompas con la plancha. Ante esto yo creía que tenía mala suerte pues tampoco se me
quitó la enuresis.
Cuando iba en la primaria mi madre le dejó a mi hermana mayor la responsabilidad de que me ayudara en las tareas, hecho que sólo ayudó a deteriorar aún más mi autoestima, pues de tonta, mensa y burra no me bajaban y además en sus explicaciones usaban un tono y una frase muy peculiar: “¡entendiste!” Ante esto respondía que sí pero en realidad no entendía ni “jota”. Cuando acudía a mi madre para que me ayudara con la tarea ella me decía que leyera, pero por más que lo hacía no entendía nada. Quiero confesar que no hacía las tareas y que había un gran descuido de parte de mis padres, pues me iba “de pinta” cuando estaba en la primaria. Recuerdo que cuando me despertaban para la escuela siempre iba corriendo cinco cuadras “africanas” (grandes) sola pues siempre era la última en llegar. Un día por tan despistada que era corrí a la escuela en sábado pues no recordaba qué día vivía o qué día seguía. Me extrañó encontrar vacía la escuela, pero al regresar a la casa y ver acostados a todos los integrantes de mi familia me di cuenta que era sábado.
El TDAH me afectó en esos momentos, además yo no sabía que lo padecía y mucho menos tenía un diagnóstico, por ello me sentía desesperada y rara de ser diferente a los que me rodeaban, realmente me creía mala y tonta.
Esto también repercutía en el ámbito escolar, ya que repetí primero de primaria y en la secundaria tarde dos años y medio para recibir el certificado. Siempre reprobaba matemáticas, pues si no sabía las tablas de multiplicar mucho menos entendía ecuaciones y por contar con los dedos en los exámenes no me daba tiempo de terminarlos, además el sudor en las manos y las mariposas que sentía en el estómago me paralizaban. Por fin un día la subdirectora de mi escuela me dijo que ella creía en mí y “zaz”, que me da la oportunidad de estar de oyente y sí pasé el examen extraordinario. Ahora me doy cuenta que lo que necesitaba era saber que alguien me apoyaba. En el bachillerato mi autoestima seguía muy baja, sin embargo me convertí en “abogada del diablo”, ya que defendía cualquier tipo de causa, por fin ¡Brindis era reconocida!
Así fue… el TDAH me afectó desde la infancia y yo buscaba culpables de toda esa rareza y mi historia personal no la quería tocar, era doloroso saber que “según yo” mis padres eran responsables por haberme hecho tanto mal.
Creía que mis hermanos eran privilegiados pues no tenían problemas en el colegio y les pegaban menos, ya que ellos no se metían en problemas como yo, así que les tomé mucho resentimiento.
Así es la vida
Después de un tiempo me casé y tuve dos hijos: Manolo y Luz. Cuando entraron al colegio en ellos se reflejaron todos los síntomas que yo alguna vez tuve y seguía presentando.
Manolo en el kínder repitió primero, situación que yo no entendía. Además de que mordió a una niña en la pompa. Debido a que tenía el pie plano nunca trepaba rápido. Un día que casi lograba trepar un enrejado se le atravesó una niña y le quedó a la altura de la cara por lo que la mordió debido a su frustración e impulsividad.
Cuando pasó a la primaria mis expectativas eran muy altas, pues yo creía que mi hijo para entonces tenía que saber leer, sin embargo las religiosas, que eran sus maestras, me preguntaban si sabía leer y escribir pues en el examen ni su nombre completo supo poner y tenía faltas de ortografía; asimismo, para enumerar las preguntas solo puso hasta la sexta y no pudo poner las respuestas. Ante esta situación decidimos mandarlo de oyente al turno de la tarde en otra escuela. Esto le ayudó un poco, sin embargo yo no me daba cuenta que le pasaba lo mismo que a mí en su momento con las tablas, pues al igual que yo un día las podía decir pero al siguiente día no. Yo le arrancaba las hojas del cuaderno porque no realizaba su trabajo bien además de que lo insultaba. Yo
creía que si le decía que no quería que fuera un mediocre no lo sería, así lo viví yo con mi padre quien así me lo decía.
El primer reporte que recibí fue cuando le picó un ojo a un compañero y me mandaron llamar del colegio. A partir de ese momento y durante tres años tuve que llevarlo a evaluar. Lo canalizaron a la clínica de la conducta del Psiquiátrico Infantil pues él era muy agresivo: lo diagnosticaron con epilepsia.
Por otra parte mi hija Luz también tenía dificultades en la primaria. El primer reporte fue en el primer año porque tiró al maestro de Deportes cuando le jaló el hula hula, además me decía muchas mentiras y salía de la escuela deschongada, sucia, cada vez más desaliñada; ya no era la misma niña de antes. Una vez la miss de Inglés me comentó que le había esculcado su bolsa de mano y la reprendió, lo bueno es que era mi amiga… ¡en verdad mi amiga!
Recuerdo que desde muy pequeña presentaba conductas impulsivas. A los dos años y medio de edad la tuve que internar en un hospital por ingestión medicamentosa. También recuerdo cuando se subió a la azotea con ayuda
de su hermano a saludar desde la orilla de la loza a la vecina, la cual me avisó blanca por la cara del susto, mientras yo hablaba por teléfono.
El diagnóstico que le dieron en el Hospital Psiquiátrico Infantil fue el siguiente: “Un coeficiente intelectual por encima del normal, brillante y con trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad”. A decir verdad no entendía nada del diagnóstico y eso que la directora del colegio de mis hijos me dio unas copias pero no tomé conciencia, seguía sin saber de qué se trataba y todo lo que tenía hacer.
Gracias amigos: Lidia y Óscar
Afortunadamente un buen día, mi amigo Óscar, quien es médico y esposo de Lidia (la miss de Inglés) andaba buscando trabajo y llegó a Medix a meter su currículum. Al salir vio una lona que anunciaba lo de un Proyecto para el Tras torno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad. Como ellos nos conocían y sabían de las conductas de mis hijos me sugirieron que fuera. Así fue como llegué a la Fundición Cultural Federico Hoth A.C. lo que hoy es el Proyectodah, el cual dio luz a mi vida.
Me puse en contacto con la fundación y asistí a la primera charla de orientación. De esto hace diez años. Entré allí por ayuda para mi hija y salí impactada, pues era mi historia lo que escuchaba, lo que yo padecía. No me quedé con la duda y me acerqué a preguntar al doctor que dio la charla que si a mi edad podía diagnosticarme con TDAH, a lo que contestó: “en México estamos un poco atrasados en eso pero si pones atención y buscas la ayuda adecuada verás que vivirás mejor”.
¡Toma de conciencia!
Así sí…, como me lo explicaron en esa charla entendí lo que era el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Entonces tomé la decisión e inicié los trámites para que me trataran en el IMSS. Fue tardadísimo pues aproximadamente tardaron seis meses en empezar el tratamiento. Fue entonces cuando empecé a comprender más fácilmente el padecimiento.
Entré a un Grupo GADAH que me dio una luz en mi vida. En él aprendí que yo no escogí el padecimiento, tenía un problema y mis padres tampoco eran culpables. Aprendí que no hay responsables pero sí soluciones y alternativas. Con papás y mamás que compartían el mismo problema pude caminar y animarme al saber que sí funcionaban los cambios que teníamos que hacer para que la vida de nuestros hijos fuera más fácil y llevadera.
Al estudiar todo lo que respecta al TDAH en el GADAH me daba más confianza de ser diferente en la educación de mis hijos. Dejé la neurosis, el exceso de control y la victimización, me hice cargo de mi salud y la de mi hija. De esta manera pude estar en óptimas condiciones para trasmitir seguridad a mis hijos, pues antes de que entrara a la fundación por ayuda, todo era caótico para mí y mi familia, sobre todo para mis hijos. Yo era nerviosa, ansiosa, enojona, gritona y sumamente exigente en cuanto a las calificaciones del colegio. Le echaba la culpa a mi es poso de todo lo mal que pasaba conmigo y con los niños. Hubo mucha violencia psicológica entre nosotros como pareja y mucha física hacia mis hijos. Según yo sólo con golpes y gritos solucionaba todo. Pero todo eso cambió pues aprendí estrategias y me di cuenta cuenta que yo no era culpable de lo que tenía mi hija y de no entender toda la problemática. Me quedó claro que yo ya la llevaba al Hospital Psiquiátrico Infantil para que ayudaran a ella, pero no a mí. Yo sentía que necesitaba tomar conciencia y la iba haciendo cuando asistía al grupo.
Cuando estaba en el GADAH me sentía acogida, no me sentía juzgada ni me dida, todas o todos teníamos hijos con el trastorno y no me daba pena abrir mi vida para ir sanando mis culpas como mamá.
En lo que respecta a los colegios también hubo cambios. A raíz del GADAH pude comunicarme mejor con los profesores. Pedí ayuda y el apoyo se me dio. Asimismo, a mis hijos los apoyé mejor en sus tareas pues ya sabía las estrategias necesarias para hacerlo y como resultado los dos mejoraron académicamente.
Gracias al apoyo del grupo me pude hacer cargo de mí, me daba alegría y fuerzas para no darme por vencida y me ayudó cuando mi hijo comenzó a tener fracasos escolares en el bachillerato y lo llevé nuevamente a una revaloración en donde el diagnóstico nuevamente fue epilepsia con DAH (síntomas de inatención, hiperactividad e impulsividad). En la actualidad sé que fue valioso saber qué es lo que tenían mis hijos y el origen de su padecimiento pues supe cómo ayudarlos.
Después de haber tomado el GADAH me capacitaron para ser líder de un GADAH y tuve la suerte de conocer a mamás y papás que pudieron tratar de manera diferente a sus hijos y tener resultados favorables. Pude canalizar todas mis potencialidades y me di cuenta que sí podía realizar muchas cosas como cambiar mi realidad familiar.
Después me invitaron a certificarme como madre experta en TDAH para impartir el Programa de Pe a Pa y actualmente imparto pláticas de Orientación y el Programa de Pe a Pa.
Vale la pena una vez más
La vida sigue, pero hoy por hoy puedo tener una comunicación buena con mis hijos Actualmente soy abuela de dos lindos nietos, una nieta de cuatro años llamada Vale y Mate de dos años, Vale ya fue diagnosticada con TDAH en el Psiquiátrico Infantil.
Entiendo por qué era necesario permanecer en la fundación, pues ha sido una acompañante en esos cambios grandiosos que hoy vivimos. Mi nieta tiene mucho apoyo de su mamá, después de todo mi hija entendió muchas cosas de su padecimiento y apoya a su hija. Asimismo, en la escuela tiene buena comunicación con los maestros del colegio. Ha empezado a enfrentar el padecimiento más temprano y en forma integral. Ya asiste a terapias conductuales y pedagógicas, mi hija ha sabido hablar con la educadora y pedir la ayuda necesaria y sobre todo lleva una buena relación familiar. Hoy veo que todo eso es producto de mi asistencia al grupo de apoyo GADAH y recojo frutos de todos los talleres, conferencias y congresos a los que he asistido. Mi hija también acude para seguir teniendo una mayor gama de posibilidades para ella y su hija.
En la actualidad hay una conciencia en toda mi familia del padecimiento y muchas estrategias para no discriminar, pegar, recriminar o rechazar a los muy conscientes de cómo debemos hacernos responsables de nuestra salud.
Actualmente mi hija ha terminado una carrera corta que le ayuda indudable mente a su satisfacción personal y de manera indirecta como apoyo a su hijo.
Es por todo lo anterior que me comprometí a capacitarme y poder difundir todo lo que me ayudó mi grupo y el Proyectodah. Hasta la fecha he permanecido diez años aprendiendo y difundiendo lo que sé. Ahora entiendo por completo que tenía que reeducarme e integrarme funcionalmente a esa linda sociedad a la que siempre pertenecí.
Los quiero… Atentamente. Ale.