Diego

Por increíble que parezca el significado de estas cuatro “simples” letras encierran más de lo que transmiten con sólo verlas. Éstas son: A, D, H, T.

Diego

Por: Verónica Soriano
Diego

Hola, soy Verónica y quiero compartir cómo es que cuatro letras pueden impactar y darle un giro total al rumbo de varias vidas. Por increíble que parezca el significado de estas cuatro “simples” letras encierran más de lo que transmiten con sólo verlas. Éstas son: A, D, H, T.

Sí, parecen simples, pero juntas y en distinto orden trajeron a nuestras vidas angustia, incertidumbre, dolor, desesperación, lágrimas, sufrimiento, problemas, fracasos, soledad.

Era noviembre de 1999, y en ese entonces es lo que menos imaginaba que iba a vivir, pues tenía siete meses de casada, cuando el día 6 del mismo mes, mi mamá fue de emergencia al médico por un fuerte dolor que era muy agudo e insoportable, la operaron de emergencia pero ya era muy tarde, no lo soportó y falleció.

Fue un golpe muy duro porque uno está consciente que un día va a perder a sus padres, sólo que nadie te prepara cuando eso pasa de improviso.

Me encontraba devastada, sin ganas de comer, sólo me la pasaba llorando.

Mi hermana me llevó al doctor porque me decían que aparte de mi estado de ánimo, me veían “rara”. Fui con el mismo doctor que operó a mi mamá, me hizo una prueba de embarazo y ésta salió positiva. En ese momento, sin querer, la vida y la muerte se encontraron, se dieron la mano, e hicieron las paces por mí.

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Fue muy difícil lo que viví, una vorágine de sentimientos encontrados me envolvieron; no sabía si brincar de alegría o morirme con ella por la tristeza. Acababa de perder a la mujer que me dio la vida, y cinco días después me entero que la vida misma, ahora, se manifestaba dentro de mí.

Los primeros meses fueron difíciles, tenía que estar tranquila y en reposo porque tuve amenaza de aborto. A pesar de eso, mi embarazo fue hermoso, conforme iba avanzando, ya que no tuve ningún tipo de malestar, sólo estaba extremadamente sensible.

Le hablaba mucho a mi bebé. Tuve la oportunidad de ir a un curso psicoprofiláctico y aprendí estimulación intrauterina. No llegué al término, a las 35 semanas se rompió la membrana y empecé con la labor de parto justo a la media noche.

A las cinco de la mañana del 9 de junio del 2000, mi hijo nació con el cordón umbilical enredado en su cuello. Pesó 2 kilos 125 gramos. Por ser prematuro, estuvo cinco días en la incubadora con fototerapia pues estaba un poco amarillo.

Cuando iba a llevarle leche materna, le hablaba y lo tocaba para estimularlo.

Cuando por fin lo dieron de alta y lo llevamos a casa, me sentí feliz y al mismo tiempo aterrada, pues lo veía tan pequeño y vulnerable que tenía miedo de que algo le fuera a pasar y no saber qué hacer.

Pasó el tiempo. Después de cuatro meses logró el peso que debía tener.

Su desarrollo fue normal, aunque lento. Caminó por sí solo después de cumplir un año dos meses. Al hacerse más independiente, también se hizo más temerario; se subía trepando la herrería de la ventana. Una vez corrió
por la cama hasta llegar a la cabecera dejándose caer y se abrió la encía.

Un hecho que repetía es que cuando caminaba se dejaba caer hacia atrás y tenía que estar tras él para que no se lastimara la cabeza. Aunque era peligroso el hacer eso repetidas veces le parecía muy divertido. Un poco
más grande fue hasta la cama de su papá, quien estaba durmiendo y le vació un vaso de leche fría.
Así pasaron los años hasta que tuve la necesidad de dejarlo en la guardería, porque en ese entonces daba clases de pintura a personas de la tercera edad, y ya no me lo podía llevar. El primer día que fui por él me recibieron
con la frase: “Ah, ya vinieron por el torbellino”.

Dejé mis clases cuando entró a preescolar cuando él tenía cuatro años.

Estuvo en un pequeño kínder particular. La maestra me decía que no terminaba las actividades, se levantaba de su lugar y no dejaba trabajar a los otros niños. Era frecuente que le ocurrieran accidentes porque se aventaba
de la parte más alta de la resbaladilla, trepaba por las ventanas (se creía spiderman). Un día se asomó cuando venía de regreso un columpio y le pegó cerca del ojo.

La directora me mandó llamar y me dijo que veía en Diego características del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Me recomendó un lugar donde le realizaron un electroencefalograma, además, me entrevistaron haciéndome varias preguntas sobre él, su desarrollo, antecedentes familiares y desempeño escolar.

Ese fue mi primer encuentro frontal con un panorama oscuro lleno de incertidumbre, sin embargo lo tenía que enfrentar para poder salir adelante con mi hijo. Por la edad, cuatro años, me dijeron que todavía no me podían
confirmar el diagnóstico. Así empezó la búsqueda yendo de un lugar a otro, haciéndole estudios y entrevistas una y otra vez hasta poder tener la certidumbre de un diagnóstico.

Y así un día me lo confirmaron: padecía TDAH. Por fin le pude dar un nombre a “eso” que me llenaba de angustia y desesperación pues nos estaba afectando y deteriorando como familia.

Si de por sí nadie nos enseña cómo ser padres, el serlo de un pequeño con una condición especial, es doblemente difícil, sobre todo cuando uno de los dos no acepta esta situación, está en constante negación, no se involucra en aprender sobre el trastorno o sobre el manejo del comportamiento, en controlar sus emociones para no perderla paciencia, en fin, sin poder llegar a acuerdos sobre educación y límites; finalmente es desgastante. Por eso y aunado a las características propias del TDAH , nos desesperábamos al ver que no trabajaba en la escuela, de las constantes llamadas de atención por mal comportamiento, que no traía apuntes y tareas completas, o simple mente no las entregaba, que no obedecía, por su constante movimiento y actividad, y que al intentar todo, estímulos, regaños, castigos, premios, gritos e incluso golpes, no lográbamos nada.

Finalmente, toqué fondo. Llegó el momento en que me sentía incapaz de ser madre, que era un fracaso, sobre todo porque estábamos muy lejos de ser una familia, pues siempre estábamos enojados y molestos unos con otros sin poder compartir un momento tranquilamente, sólo era pelear y gritar por todo.

Así pasaron los años. Hasta que justo cuando Diego cursaba el quinto año de primaria, a través de USAER (Unidad de Servicio de Apoyo a la Educación Regular), me enteré de la existencia de la Fundación Cultural Federico Hoth y su Proyectodah. Me comunique y me comentaron de las pláticas de orientación. Fuimos a una.

Fue una experiencia que no he podido olvidar, porque me di cuenta de la dimensión de lo que estaba viviendo, sobre todo que no éramos los únicos que la experimentábamos; escuchando a los demás padres, me sentí muy identificada y acompañada. Ahí vi lo que se hace en los grupos de apoyo (GADAH) y junto a otras mamás que también estaban en USAER, hicimos contacto para poder formar un grupo en la escuela de nuestros hijos.

La primera sesión me impactó, pues me hizo ser consciente de la manera en la que estaba enfrentando la situación, es decir qué enfoque le estaba dando, el de un problema o como una oportunidad. Así fue que decidí tomarlo como eso, una buena oportunidad para saber más sobre el TDAH, entenderlo bien, aceptarlo y de esta manera poder conocer mejor a mi hijo. A través de este proceso, pude darme cuenta que tenía pensamientos, hábitos y emociones mal manejados.

Ahora que veo esto en retrospectiva noto que antes de participar en el GADAH, nuestras vidas eran de constante ensayo y error, me sentía perdida pues aunque acudimos con psicólogos, veía que no llegaba a alguna parte, no había avances o cambios de ningún tipo tanto en Diego como en mí o en nuestro entorno. Me daban estrategias, pero a veces no sabía en qué momento aplicarlas o para qué le iban a servir, me sentía desesperada y
constantemente caía en crisis.

Al ir conociendo y sobre todo llevando a cabo el contenido de cada sesión del GADAH, fue cambiando mi forma de ver las cosas y al mismo tiempo, cambió mi actitud hacia mi hijo, dejé de enfocarme tanto en los problemas y empecé a ocuparme más en encontrar soluciones. Empecé a encontrar luz en ese oscuro panorama que sentí al principio de esta travesía y esto lo logré gracias a que pude entender la situación que estábamos viviendo, dándole un giro a mi manera de pensar, de actuar y de convivir entre nosotros. Este nuevo enfoque movió dentro de mí emociones y conceptos. Lo más importante fue notar pequeños logros en Diego que para mí tuvieron un gran significado, como el que empezara a traer más trabajos terminados, que hubiera un poco menos de conflictos en el salón, que sus maestros notaran esos avances, que tuviera interés por continuar en la escuela, que hubiera algo de organización en cuanto a sus actividades, etcétera.

En cuanto a otros aspectos en los que se ha visto reflejado el trabajo que he llevado a cabo gracias al GADAH, es primero que nada en el ámbito familiar, pues nuestra convivencia se ha vuelto más armoniosa, tolerante, en la que hay comunicación y entendimiento mutuos. He notado que mi hijo tiene mayor interés en la escuela, que tiene un mejor desenvolvimiento. Hemos trabajado en la resolución de problemas, sobre todo en el aspecto social que es el que más trabajo le está costando; también su rendimiento escolar se ha modificado, trae más trabajos terminados, se está organizando a través de agendas y horarios, mapas mentales que le están ayudando tanto para estudiar en los exámenes como para exposiciones y hemos platicado mucho sobre sexualidad, abuso de drogas, y alcohol para que no se deje influenciar sólo por querer encajar en algún grupo social. En cuanto a este punto en particular, el social, hay que seguir fortaleciendo sus habilidades, pues todavía se le dificulta, tiene pocas amistades y eso lo desanima constantemente. En ese sentido hay que seguir trabajando en su autocontrol, ya que he notado que hay ciertos rasgos en su personalidad que los demás no comprenden, que los desconcierta y lo ven como si fuera una persona “rara”.

Actualmente, cada vez que me encuentro con esas cuatro letras: TDAH, las puedo ver en su justa dimensión, la que yo le quiero dar; ya no me angustian pues he aprendido a valorarlas y a encontrarles nuevos significados tales como: Aceptación, Oportunidad, Conocimientos, Superación, Logros, Metas Alcanzadas, Éxitos, Amor Incondicional.

Yo sé que todavía nos falta mucho camino por recorrer, pues ahora Diego está entrando en la etapa de la adolescencia.

Borrón y cuenta nueva, a empezar otra vez pero no de cero porque sé que vamos a lograr superar los obstáculos que se nos presenten asumiendo los retos por venir, adquiriendo nuevos conocimientos, fortaleciendo más nuestra comunicación y la confianza que me tiene para compartir conmigo sus sueños, sus miedos y sus sentimientos personales, ser su amiga en Facebook, compartir sus proyectos, gustos, tristezas, frustraciones, risas y lágrimas, pues sabe que aquí puede hablar libremente sin recibir críticas, burlas, sarcasmos, insultos, rechazo, porque este es “su” espacio TDAH, pues ya es suficiente con todo lo que recibe a su alrededor.

Y por eso continuaré superándome para saber cómo fortalecer en él su autoestima para que tenga más confianza en sí mismo, así como las habilidades que tiene y a adquirir las que le hacen falta como saber organizarse, planear, prever consecuencias. Luchar para que sea más independiente, que sepa afrontar sus miedos y a cambiarlos por logros, a tener expectativas razonables para no caer en frustraciones inútiles, sobre todo a darle el respeto y la valoración que merece y a ponerle límites para que sepa manejar su frustración y a regular sus emociones, a que alcance sus metas y cumpla sus más descabellados sueños.

¿Soy muy ambiciosa? Sí, lo sé, pero también sé que Diego lo vale.

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