El compañero

¿Alguna vez te has quedado a oscuras en un lugar que no conoces? Te sientes desorientado y no sabes hacia dónde caminar, ¿verdad? Pues bien, hasta hace poco tiempo me sentía así, no sabía hacia dónde caminar o más bien no sabía qué hacer con respecto a mi hijo.

El compañero

Por: Alma Yanet Ramos
El compañero

¿Alguna vez te has quedado a oscuras en un lugar que no conoces? Te sientes desorientado y no sabes hacia dónde caminar, ¿verdad? Pues bien, hasta hace poco tiempo me sentía así, no sabía hacia dónde caminar
o más bien no sabía qué hacer con respecto a mi hijo.

Soy mamá de tres chicos maravillosos, Mario de 13 años, Dani de 12 y Leo mi pequeño de 4. Cada uno de ellos tiene características y comportamientos muy distintos, pero mi hijo mayor es quien realmente me tenia desconcertada, pues desde que era bebé solía ser muy berrinchudo y yo lo atribuía al hecho de que él es el primer nieto en ambas familias y todos lo consentíamos y “apapachábamos” todo el tiempo. Pero al ir creciendo y al observar que su comportamiento era totalmente distinto al de su hermano empecé a preocuparme, pues él solía apartarse y parecía no interesarle lo que los demás hacíamos. Llegamos a creer que tenía problemas en el oído pues parecía no escucharnos y además comenzó a hablar cuando entró al kínder a los cuatro años. Asimismo, me confundía mucho el hecho de que al platicar con él de pronto me cambiaba la conversación drásticamente. Para ese entonces la psicóloga de la escuela me mandó llamar para informarme de las actitudes
que tenía mi hijo y ahí fue donde comenzaron mis viajes de ir y venir pero sobre todo mi gran frustración.

La psicóloga me comentó que tal vez era necesario llevarlo con algún especialista para “descartar alguna situación que presentaba mi hijo”. Eso fue lo que me dijo, que tal vez había una lesión mínima en alguna área del cerebro.

De esta manera empezaron sus pruebas psicológicas.

Obviamente él estaba desfasado con respecto a sus compañeros pues tiene dificultades con la motricidad fina. Además decidieron integrarlo al grupo de niños más pequeños para poder trabajar con él desde cero y ahora con el tiempo sé que fue un error gigantesco permitir esto, porque al entrar a primaria mi hijo no había cursado preescolar, sus compañeros ya leían y él no. Entonces tuve que forzarlo de más para que pudiera alcanzarlos. Hoy en día creo que la maestra decidió hacerlo tal vez por no querer esforzarse un poco más al trabajar con mi hijo.

Para ese entonces la directora de la escuela nos recomendó que lleváramos a Mario a que se hiciera un electroencefalograma, pero por más esfuerzos que hicimos no pudimos localizar al médico que nos recomendó.

Mi hijo seguía teniendo dificultades en la escuela pero sobre todo por su comportamiento: perdía todo su material, no había lápiz que le durara un día completo y ni qué decir de los suéteres o chamarras. Siempre estaba
distraído, era muy enojón e impulsivo y lo peor es que sus compañeros ya comenzaban a molestarlo y él se empezó a dar cuenta que no era muy aceptado por los demás. Para mí era muy frustrante ver que mi hijo aprendía con mucha facilidad, pero cuando le hacían examen siempre lo reprobaba y lo peor era que cuando me entregaban su examen y él lo revisaba me decía con gran desconcierto:–Oye mamá, aquí me equivoqué, esta respuesta no está bien, esto va así.

Cuando me daba la respuesta correcta, por supuesto yo le decía:–Chaparro, pero por qué no lo hiciste así durante el examen –y ahí viene la respuesta que era la que me causaba gran frustración: –¡Ah!, no me fijé– sin
darle ninguna importancia.

Me la pasaba a diario en el salón con la maestra pidiéndole los trabajos que mi hijo dejaba inconclusos para que pudiera terminarlos en casa o copiando la tarea porque él no la anotaba completa.

La trabajadora social de la escuela me ayudó a llenar ciertos cuestionarios y la psicóloga me entregó la evaluación de mi hijo para que pudiera llevar esos documentos a clínicas y hospitales que me habían sugerido para que de esta forma fuera más fácil que lograran atenderlo. Aunque sí era de mucha utilidad lo que ellas me proporcionaron todavía no logro entender cómo es que en ninguno de esos lugares pudieron darme un diagnóstico.

Nos desvelamos varias veces para hacer fila, esperábamos fichas para una consulta en la que al final nos dijeran por ejemplo: “el niño tiene lento aprendizaje, llévelo a servicio de USAER”. En otro hospital me dijeron: “su hijo tiene un coeficiente intelectual (IQ) por encima del promedio y se aburre en la escuela” y lo peor de todo esto es que me lo decían en la primera consulta, ni siquiera lo checaban con interés. En otros lados me decían que no lo podían atender y en el último lugar donde acudí sí comenzaron a evaluarlo, lo llevamos a varias citas y ahí fue donde nos dijeron que mi hijo presentaba algunos rasgos del déficit de atención e hiperactividad, pero que en ese momento estaban muy saturados y que nos pondrían en lista de espera. Hace más de cinco años que seguimos esperando.

Eso no me importaba tanto como el ver que mi hijo cada vez más padecía las burlas de algunos compañeros. Las maestras de pronto no sabían qué hacer con él y se desesperaban. La misma familia que en algún momento lo consentía, ahora lo rechazaba y mi esposo y yo nos la pasábamos tratando de “defenderlo” de todos los ataques que él sufría. Lo más doloroso era que mi hijo se acercara a mí y me preguntara: “¿Oye mamá, por qué soy raro?” Yo trataba de que él no se sintiera así pero creo que yo al tratar de protegerlo de los demás provocaba
que él se sintiera aún más diferente a los otros niños.

Desgraciadamente hasta la fecha mi hijo ha padecido malos tratos, burlas y hasta golpes, siempre dentro de la escuela, ya sea por parte de compañeros como de algunos maestros y aunque en casa tratamos de ayudarle con su autoestima, en cuanto llega a la escuela le dan un revés. No obstante, mi hijo tiene una gran resistencia, porque a pesar de todo lo que ha padecido le gusta ir a la escuela.

Después de ir a tantos lugares sin obtener respuesta, durante tres años dejé de buscar ayuda y no es que me diera por vencida, lo que ocurrió es que mi chaparro me dijo que ya no lo llevara a ningún lado, que ya estaba cansado y que él no quería seguir trabajando con ninguna psicóloga, que lo dejara así por favor. Yo también me sentía cansada de buscar respuestas y no encontrarlas pero además entendí que mi hijo necesitaba descansar pero sobre todo quería sentirse igual que sus compañeros pues él me decía que a nadie de su salón lo llevaban tanto al doctor.

Como era de esperarse mi hijo seguía distrayéndose, perdiendo cosas y dejan do trabajos inconclusos pero ahora ya era más rebelde con sus maestras; sin embargo, comencé a acostumbrarme a estos comportamientos que, aunque a veces me hacían perder la paciencia, ya los veía como “normales” en él y de alguna forma no sé cómo los fui aceptando; no sabía qué tenía mi hijo, pero yo sabía que esa era su forma de actuar y ya. Las llamadas constantes por parte de la escuela ya no eran novedad, como también lo eran los reclamos que le llegué a hacer a las maestras por permitir burlas y ofensas hacia mi hijo por parte de algunos compañeros; también era común pedir a diario apuntes y tareas. Eso era realmente agotador, pero además debía tener presente que también tenía dos hijos más que no podía descuidar porque no quería marcar diferencias entre ellos y que sintieran que no los quería o que les ponía menos atención pues eso podía provocar celos entre ellos; afortunadamente siempre
han tenido una buena relación y hay mucho apoyo entre ellos.

Como era de esperar, la autoestima de mi hijo iba cada vez más hacia el suelo y aunque yo le insistía en buscar ayuda psicológica, él no quería y me decía: “si así me molestan, cuando se enteren que voy al psicólogo peor me van a hacer”. Yo le decía que ellos no tenían por qué saberlo ya que eso era algo muy personal, pero él no cedía y además ya no sólo eran sus compañeros los que no lo querían sino también las mamás y hasta algunos profesores que no tenían nada que ver con él. La etiqueta ya la traía en la frente.

Un mes antes de salir de sexto grado y como su maestra ya no podía con él me sugirió que si quería ya no lo llevara a la escuela pues al fin y al cabo ya tenía el promedio. Por supuesto que no acepté. ¿Por qué habría de dejar de ir mi hijo a la escuela? Esta actitud de la maestra le cayó tan mal a mi hijo que no quiso asistir a la fiesta de fin de cursos y me pidió que le hiciera su comida favorita en casa y con la gente que sí lo quería y le importaba. Claro que así lo hice.

Pero entonces comenzó mi verdadera preocupación pues se acercaba el momento de entrar a la secundaria y ahí todo es diferente. De verdad que pasé casi todas las vacaciones de verano prácticamente sin dormir por estar totalmente angustiada, pues ya me imaginaba cuántos reportes iba a tener mi hijo. Tenía la certeza de que no se iba a poder organizar y si antes perdía muchas cosas ahora iba a ser peor además de que los chicos a esa edad son más crueles.

Y como siempre, él entró a la escuela con emoción y mucho entusiasmo, hasta que pasó un mes y me llegó el primer citatorio. Debo decir que lo primero que pensé fue: “¿tan pronto?, si apenas lleva un mes en la escuela, ni modo, ¡qué hago!”

Llegué a la escuela. Me recibió el orientador y me preguntó si Mario en casa era distraído, que si no podía estar quieto, etc. Le contesté que sí, entonces me comenzó a hacer más preguntas y me dijo que por qué no lo había llevado a que lo revisaran. Entonces le expliqué detalladamente a todos los lugares a los que había acudido y las respuestas que me dieron. Recuerdo que sonrió y me dijo que él sospechaba que mi hijo padecía de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y que él tenía dos hijos diagnosticados con ese problema. Me dijo que ya no me preocupara y me puso en contacto con otro orientador el cual tenía el teléfono y dirección de una fundación en la que podían ayudarme.

Después de platicar con ambos sentí que por fin había una luz en el camino.

Me dijeron que anteriormente no nos habían dado respuestas porque había acudido con las personas que no eran las idóneas. Pero que ahora sí iba a asistir con las personas indicadas. En broma me dijeron: “ya ve señora, júntese con nosotros”. Por primera vez en mucho tiempo me sentí con esperanza.

En la hoja que me entregaron, vi que es una fundación que se llama Federico Hoth. Leí algo de Proyectodah y enseguida les llamé por teléfono. Me dieron su dirección y me dijeron cuándo debía acudir a la primera plática de orientación.

Cuando nos tocó asistir a la plática mi esposo y yo íbamos con ansias de llegar y tener una respuesta que nos pudiera ayudar y así fue. Tal parece que la plática fue especialmente para nosotros. Nos comentaron que ellos forman unos grupos de apoyo para el déficit de atención e hiperactividad (GADAH). Mi esposo y yo y decidimos que aunque era algo lejos el lugar de la reunión tenía que acudir al grupo de apoyo en la fundación.

Cuando llegué a la escuela de mi hijo y le comenté a los orientadores lo bien que me había ido y que me iba a integrar a un grupo de apoyo, uno de ellos me comentó que en la escuela en la que trabaja su esposa acababan de iniciar uno y que hablaría con ella para que me pudiera integrar. Me integré a la cuarta sesión pero mis compañeras muy amablemente me manifestaron cómo funcionaba el grupo y qué era lo que habían visto antes. Me proporcionaron las copias y me explicaron cómo funcionaban las tareas, además de que ya tenía la información, que también la fundación me dio, de una serie de clínicas y hospitales en donde podía acudir.

A la par de que asistía a mis sesiones también comencé a llevar a mi hijo a la clínica donde me dieron por fin un diagnóstico: mi hijo tiene trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

Tal vez crean que es una locura, pero cuando el doctor me dio el diagnóstico me sentí muy feliz. En ese momento se acabó mi frustración por no saber qué tenía mi hijo, por fin había encontrado el camino. Entonces me pregunté: ya sabes que tiene Mario, ahora vamos a buscar información, a llevar a cabo lo que ves en las sesiones, era lo que querías, ¿no? Un diagnóstico para saber qué hacer. Recuerdo que en mi desesperación y en ocasiones llorando le decía a mi esposo: “A mí nada más que me digan qué tiene mi hijo y yo me las arreglo para ayudarlo, pero que ya me digan”.

Lo mejor de todo es que cuando mi hijo llegó a la clínica y comenzó sus consultas, yo ya iba informada gracias al grupo de apoyo y a la psicóloga de la fundación. Toda la información que poseía fue de gran ayuda porque ya sabía sobre el medicamento que mi hijo tendría que tomar, en qué consistía el TDAH y qué estudios se le debían realizar a un niño. En fin ya no estaba a oscuras.

A lo largo de las sesiones y al ir poniendo en práctica cada una de las tareas encomendadas me fui dando cuenta cómo venía cometiendo una serie de errores. Por ejemplo yo decía ¿por qué no me entiende, si platico mucho con él? El error grave que cometía era que yo hablaba mucho, ahora sé que debo ser concreta y rápida. Además, incurría en muchos otros errores más, que al tratar de corregir y también al comenzar a llevar a cabo varios cambios en la organización y comportamientos en casa, crearon toda una revolución pero al final todos nos hemos ido adaptando a esos cambios. Mi esposo y yo hablamos con toda la familia y les informamos el diagnóstico y cómo es que debían hacer si querían ayudar a Mario. A los que no cooperan mejor no los frecuentamos, por lo menos ahora.

Llevamos más de un año en la fundación, pero en este tiempo he aprendido más que en toda la vida y tengo que aceptar que a veces todavía pierdo la paciencia, pero enseguida recuerdo algo que vi en las sesiones y lo llevo a la práctica y aunque ya terminé el curso, a veces vuelvo a leer y a reiniciar alguna de las tareas, que no sólo he puesto en práctica en mí y en mi hijo, sino que también con mis otros dos hijos. Mi nene pequeño Leo me dice: mamá, no me gusta “el tiempo fuera”. Por su parte, mi hijo Dani me pregunta qué puede hacer para ayudar a su hermano. Mi esposo me decía que pusiera mucha atención en las sesiones y que cuando llegara del trabajo le platicara bien lo que hicimos y cuando se trató de cambiar hábitos y poner otras reglas todos sufrimos, pero al final las aceptamos y hemos ido aplicándolas una por una. Con dificultades, pero ahí vamos.

Mario de pronto se muestra en desacuerdo con las reglas, pero termina aceptándolas y cumpliéndolas. Todavía tiene algunos conflictos con sus compañeros y le cuesta trabajo controlarse, pero lo está intentando y en ocasiones ya lo logra.

No ha sido nada fácil el camino, pero hoy me doy cuenta que el TDAH es el compañero de mi hijo y que nunca lo va a dejar, mas ese compañero no necesariamente tiene que ser malo: sólo va con él acompañándolo a lo largo de su vida. Comprendemos también que el TDAH, el compañero de mi hijo, es parte de la familia y creo que todos ya lo aceptamos como tal.

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